Gran Canaria, futuro en común. Faustino García Márquez *


Es para mí un honor adicional dirigirme a ustedes para expresar, en nombre de todos cuantos hemos sido distinguidos esta noche, nuestro profundo agradecimiento al Cabildo Insular de Gran Canaria, en la persona de su Presidente y sus Consejeros, por el honor que nos hacen, el mayor que un grancanario, como tal, puede recibir: el reconocimiento de su isla, de su tierra.

Me enorgullece y me intimida interpretar la voz de mis 17 compañeros de homenaje porque ellos constituyen una admirable y completa personificación del esfuerzo, el conocimiento, la creatividad, la iniciativa, la generosidad y la abnegación desarrollados al servicio y en beneficio de esta sociedad en campos como la economía, la ciencia, la educación, la cultura, las artes, el deporte, la diplomacia y la solidaridad.

Entiendo este acto, por tanto, como un homenaje que se hace a sí misma la sociedad grancanaria, una sociedad viva, culta y solidaria, que afronta el futuro con preocupación y esperanza. Y ello justifica extender también nuestro recuerdo a las miles de personas que, en esta isla, en nuestro continente africano y en todo el mundo se enfrentan a la pobreza, el paro, la enfermedad, el hambre y la guerra y mueren, incluso, por alcanzar las costas de unos países que los rechazan, que los rechazamos, olvidando nuestro propio y no tan lejano pasado.

Por último, es un homenaje a la isla, a la unidad geográfica y administrativa más clara y contundente que cabe imaginar; y la más brillante también, porque tenemos la fortuna y la tremenda responsabilidad de vivir en un auténtico santuario natural y cultural, uno de los puntos del planeta con mayor diversidad biológica, cuyo aislamiento ha favorecido la evolución y conservación de una multitud de especies animales y vegetales únicas, en medio de un singular paisaje volcánico. Y no solo vivimos en la isla, sino de la isla. De ella dependemos, demasiado poco todavía, para producir los alimentos y la energía que precisamos, pero de ella depende por completo nuestra principal actividad económica: de sus playas, de su clima, de su paisaje y del esfuerzo de los grancanarios a lo largo de 50 años, depende nuestro turismo.

No solo es nuestra supervivencia y nuestro bienestar, sino nuestra propia alma la que está anclada a esta tierra, al espejo donde los grancanarios vemos reflejada más clara nuestra propia identidad. Tenemos ciudades únicas, como esta misma, nacida de una cuadrícula renacentista hermosamente amoldada a una colina; una ciudad impúdica, abierta en tres frentes al Atlántico, en una isla pudorosa, plegada en mil barrancos y lomos que hay que bajar y subir para descubrir y disfrutar la enorme riqueza de su naturaleza y la huella de nuestros antecesores: un patrimonio etnográfico que se nos va escurriendo entre los dedos, pero que aún nos enseña cómo la necesidad y el sabio conocimiento del lugar se pueden transformar en arte y memoria, y un patrimonio arqueológico que el Cabildo lleva años acercándonos a través de una ejemplar política de centros de conservación e interpretación.

Pero el reflejo más intenso, sin duda, se experimenta al mirarnos en nuestros paisajes, al alongarnos a las dos calderas centrales de Tirajana y Tejeda para contemplar de nuevo, una y otra vez, un mundo de roques y riscos; al discurrir por la isla vieja, en el suroeste, entre maravillas geológicas celosamente guardadas durante millones de años; al caminar los mismos senderos, cada vez diferentes, cambiando con la luz cada hora, con la floración cada mes, con nuestras piernas cansadas cada año. Nunca recorreremos dos veces la misma vereda en esta isla, nunca sentiremos dos veces la misma exacta emoción. Tenemos suerte, una inmensa suerte.

Y hemos sido consecuentes, dentro de un orden, defendiendo esa fuente de riqueza y de identidad, y requiriendo de otros su colaboración. Las islas cuentan con reservas de la biosfera, espacios protegidos, zonas de especial conservación, parques nacionales, patrimonios naturales de la humanidad; y pronto también, en esta isla, un patrimonio mundial en homenaje y memoria de la cultura indígena.

Sin embargo, sobre todos ellos se ciernen amenazas. Algunas vienen de fuera, con nuestra contribución, como ese calentamiento global que estamos empeñados en olvidar y que afectará a la bondad del clima, las costas, la biodiversidad, el paisaje, la salud, el turismo. Otras, vienen de dentro de cada uno: los grancanarios somos a veces ingratos o injustos con nuestra isla, por sumisión o por pesimismo, por permitir que los lugares degradados, que los tenemos, nos impresionen más que los conservados, por asombrarnos ante lo ajeno y desapegarnos de lo propio. Nos bastaría conocer mejor nuestra isla y nuestras ciudades para curarnos de ese mal pasajero y totorota.

Otras amenazas internas son más duraderas, porque la tierra, como cualquiera de los bienes que manejamos los humanos, cuantos más valores alberga, más conflictos genera. Confluyen sobre ella muchos intereses, derechos, ideologías, costumbres y actitudes, muy difíciles de conciliar. No es una cuestión de cuatro iluminados ni de cuatro oscurecidos, sino de democracia, transparencia, tiempo y consenso. Tenemos, todavía, unas normas cimentadas sobre unanimidades para gobernar una tierra que hay que conservar pero también usar, porque somos muchos los que la habitamos y los que la visitan. Armonizar el uso necesario con la obligada conservación no es fácil, pero justo dentro de 3 días, el 20 de marzo, se cumplen 30 años de la finalización del informe de Naciones Unidas “Nuestro Futuro Común”, que nos enseñó el camino: se trata de promover un desarrollo sostenible, aunque se entiende mejor el término francés, “durable”, duradero; se trata de aprovechar los recursos de forma que duren, que no se hipoteque su utilización en el futuro.

La durabilidad comporta que el crecimiento tiene límites y más cuando se refiere al territorio, un recurso que no va a incrementarse ni renovarse, porque parece que el volcán de El Hierro no está por la labor de duplicarnos la superficie de las islas. Por tanto, hacerlo duradero significa, simplemente, no consumirlo, reutilizar cada vez más eficaz y cuidadosamente el que ya hemos usado. Y ya hemos usado demasiado: entre 1987 y 2002, en solo 15 años, esta isla aumentó un 22% el suelo consumido durante los 500 años anteriores. Y no fue la más insaciable: La Gomera, Tenerife y Lanzarote aumentaron su superficie hormigonada o asfaltada en más de la mitad, Fuerteventura la multiplicó por 2’7. Recientemente hemos conseguido que, por fin, la superficie urbana del archipiélago sea mayor que su superficie cultivada. Es para estar preocupados, muy preocupados.

Pero es más fácil despreocuparnos, dejar que la sostenibilidad no sea más que una palabra vacía, un slogan para encubrir lo insostenible y hasta respaldar el consumo oportunista de territorio, su reducción a un mero recurso económico que pueda ser diluido, transformado en un fluido que las leyes, convertidas en cantoneras y acequias, puedan conducir a algunos estanques.

Tenemos una grave responsabilidad personal y colectiva si no somos capaces, finalmente, de construir un futuro común para nosotros, nuestro territorio, nuestro planeta. Y no es tarea fácil, en este tiempo de culto a la individualidad, de soledad comunicada, de precariedad, incertidumbre y creciente desigualdad. Por eso es aún mayor la responsabilidad de nuestros dirigentes, de nuestras instituciones, porque necesitamos que no acepten su progresivo debilitamiento, que amplíen el espacio de lo público para ayudarnos a recuperar el bienestar y el futuro, para defender el interés y el patrimonio comunes, aunque sean ajenos.

Porque ni este planeta ni esta isla nos pertenecen. Como escribió Carlos Marx un día que andaba particularmente lúcido, nosotros estamos aquí sólo para transmitir esta tierra, mejorada, a sus únicos y legítimos dueños, las generaciones futuras. Yo estoy aquí esta noche para agradecer honores pero también para compartir con ustedes el amor a esta isla y reivindicar el derecho duradero a disfrutar y usar esta tierra que tienen mis nietos, y los nietos de los nietos de todos nosotros. Por ellos, que no tienen voz, exijamos el futuro, asumamos que somos los guardianes de esta maravilla y que nuestro trabajo habrá de ser aquél con el que soñaba Manolo Padorno en sus noches de Punta Brava, aquí al lado:

“Mi trabajo consiste, riguroso,

en un instante de la madrugada,

en colocar la playa Las Canteras

sobre su mismo sitio, donde siempre.”

*Texto escrito y leído por Faustino García Marquez la noche del viernes 17 de marzo durante la entrega de Honores y Distinciones del Cabildo de Gran Canaria. Faustino García Márquez fue nombrado Hijo Predilecto de Gran Canaria y habló en nombre de todos los premiados. El texto lo publicamos con autorización de su autor. Las fotografías son de Ángel Medina.

Foto de los distinguidos en las diferentes categorías

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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