“Peor que no conocernos, es no saber que no nos conocemos” Yeray Rodríguez


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Ante todo, quiero agradecer la hermosa posibilidad que se me concede al intervenir
en esta comisión. Uno, novato en estas lides, se plantea cuál ha de ser su papel en esta
tesitura y solo se le ocurre una cosa, tratar, humildemente, de ser útil, aunque ello suponga
decir cosas que quizá no son agradables de oír. Les garantizo, sin reservas, que mis
planteamientos, que hoy hago aquí y que llevo años expresando tanto en las aulas como en
los escenarios, nacen de profundo amor que siento por la creatividad humana y por estas
islas a las que uno debe decirle, a veces, lo que ellas, y a lo mejor tampoco ustedes, quieren
escuchar. Y me gustaría que sintieran que la mayor parte de las cosas que comparta en mi
intervención nos afectan como pueblo, son responsabilidad de todos y todos debemos, por
igual, darnos por aludidos y, ojalá, esperanzarnos. Sucede además, y este es un detalle
personal que comparto con mucho cariño, que preside esta comisión mi admirado colega
el doctor Juan Manuel García Ramos, que fue presidente de mi tribunal de tesis, así que
hoy tengo la sensación de que estoy ante otro tribunal, más concurrido e inesperado pero
que, a diferencia de aquella ocasión, me toca evaluar en lugar de ser evaluado.
Empiezo. A menudo y por desgracia desenfocamos el significado más intimo y
exacto del término cultura. Con más frecuencia que la desearíamos escuchamos aquello de
“que cada vez es más difícil hacer cultura”, “nos lo ponen difícil a los de la cultura” o “tal o
cual medida suponen la muerte de la cultura”. Confundimos peligrosamente la cultura, que
viene a ser un sistema de comportamiento, con la industria cultural que según cómo se
mire no debería distar tanto de otras industrias aparentemente poco afines. Somos quizá
demasiado pretenciosos los que subimos a escenarios, escribimos libros o exponemos
cuadros, creyendo que está únicamente en nuestras manos el devenir de un pueblo en lo
que a su cultura se refiere. Habrá que empezar por ahí. Desde luego, no somos tan importantes. La cultura, en su sentido nuclear, no tiene que ver con los presupuestos de
ningún organismo.
Imagino sin embargo, por el nombre que se le ha dado a esta comisión, que
pretenden que los aquí convocados hablemos entonces de la industria cultural, de lo que la
misma aporta y puede aportar al desarrollo social y económico (a mí me gusta más en ese
orden) de las islas. Pero si es pretencioso que los creadores (y más peligrosamente los
productores) quieran arrogarse la supervivencia de una cultura, no lo es menos que
pretendamos hablar de la industria cultural sin reflexionar, al menos brevemente, acerca de
nuestra cultura, nuestra forma de comportarnos y de asomarnos al mundo. Y así me
gustaría que fuera porque puede que esa mirada me ayude a explicar lo que pretendo
compartir con ustedes, que por otra parte, de una forma o de otra, como antes comenté,
vengo diciendo desde hace ya tiempo. Juan Manuel Trujillo, nacido en esta ciudad en 1907,
dijo una frase de la que, quizá, no hemos sabido o querido alejarnos: “Canarias se ignora e
ignora que se ignora”. A ustedes ¿qué les parece? ¿se equivocaba don Juan Manuel?. Yo
creo que no; y creo que esa frase puede volver a decirse por mucho que nos duela. Mucho
peor que no conocernos es no saber que no nos conocemos. Y lo peor es que, en esta
dolorosa ignorancia, crece, como en tierra buena, un rosario de complejos que llevan siglos
haciéndonos daño y que están en la raíz de muchos de nuestros males, también los que
afectan a nuestra relación con la industria cultural.
Quisiera que hablara por mí un poema de Manuel Padorno publicado en 1987 y que
se titula “Cónclave en el sur”:

CÓNCLAVE EN EL SUR
Aquella noche José Martí hablaba
con Fiodor Dostoievsky. Y con Walt
Whitman.
Al fondo Shakespeare decía
algo. Cervantes se entretenía con el aire.
Dante trabajaba comedidamente
en el infierno.
Era en el Sur de Gran Canaria.
Se celebraba el cónclave. Convocado
por nadie. Acudiría San Juan de la Cruz
bastante tarde.
En la piscina
del hotel, entremezclados con turistas,
una noche cálida caída. Una cena
sencilla y parroquial, vacía
protocolariamente.
Luis de Góngora
hablaba con John Donne en la esquina del patio.
Era una noche cálida concebida, un cielo
del Sur de Europa, del Norte de África,
del Noroeste americano. Un sol canario.
Una noche nocturna y candeal, junto
a la piscina del hotel. (Los turistas
llegaban agolpadamente, rompían
el silencio de la conversación).
Viera
y Clavijo sirvió champán. Antonio
de Viana hablaba con un paje. Domingo
Rivero se entretenía entre las naves.
Canarias tiene mucho porvenir, dijo
Platón, Parménides asentía con la cabeza.
Es cuestión de negociar despacio.
Negociar todavía.
Por las Islas Canarias
pasa la oscuridad política; tiene su casa
aquí. Cuestión de negociar la claridad,
su economía. La realidad política
vacía.
Inconsecuentemente
se reunieron en las Islas Canarias.
Dieron su parecer. Es ley europea
que las Islas Canarias sean
el lugar de la cita: el solarium
de Europa. Pero no puede
ser como hasta hoy,
en esa dependencia.

Este poema, que conozco hace muchos años, lleva unos cuantos días revoloteando
a mi alrededor. Seguramente porque sabía que hoy tenía esta comparecencia y este poema
ilustra mucho de lo que querría decirles, pero también por esta suerte de fiebre
hollywoodiense en la que vivimos, que no deja de ser una curiosa metáfora de lo que
somos. Vaya por delante que entiendo (y me alegra) la repercusión, los beneficios y todo lo
que ustedes quieran añadir que aportan las grabaciones de superproducciones en nuestras
islas, pero no deja de ser paradójico que nos elijan, exclusivamente por unas ventajas
fiscales, para disfrazarnos de otros lugares. No hace tanto que esta ciudad fue Atenas y en
estos días Las Palmas de Gran Canaria es Casablanca, eso sí, sin Sam ni Bogart. Somos,
como diría Padorno, el lugar de la cita, el solárium de Europa, y lo peor es que la
ciudadanía hace suya la lectura interesada del empresariado que, ya se sabe, es el que se
frota las manos con razones objetivas. No nos importa no ser lo que somos con tal de que
se hable de nosotros, con tal de que, y ahí parece estar la clave, vengan más turistas: no
importa que eso explote aún más a quienes, esclavas del siglo XXI, tendrán que limpiar sus
habitaciones por un sueldo mísero, no importa que los beneficios vayan a las pocas manos
de casi siempre… vivimos del turismo y eso lo justifica todo, incluso que se nos conozca
por lo poco que cobramos, como no hace tanto anunció el gobierno para vergüenza de casi
todos los gobernados. Sé perfectamente la importancia que tiene el turismo en la economía
canaria y no pretendo, con lo que aquí expongo, negar esa evidencia, pero tengo la triste
impresión de que, una vez más, hemos elegido mal. Estamos vinculando industria cultural y
turismo de una forma descarnada e interesada, sin seguir los ejemplos sabios, que los
tenemos.

El propio gobierno junta en una Consejería Cultura y Turismo, lo que supone dos
cosas: la constatación de esa rendición absoluta que significa asumir que somos un solárium
y alejar la Cultura, y la industria cultural si quieren, del territorio con el que colinda o al que,
más bien, pertenece, el de la Educación. Cultura y Educación, más allá de la nomenclatura
de las consejerías de un gobierno, no pueden ser otra cosa que un objetivo único. Un
pueblo como el nuestro, que parte de ese desconocimiento histórico al que antes me refería
y que sigue masticando peligrosos complejos, necesita que las manifestaciones culturales
tengan más que ver con su formación integral que con los atractivos que ofrecer en un
catálogo. Digámoslo ya: quienes vienen a Canarias, en una abrumadora mayoría, vienen a
tostarse al sol, al bendito sol que no queda tan lejos de la Europa de la que vienen casi
todos. Y así somos, ese solárium que se parece a cualquier otro solárium del mundo. Pero
el caso es más curioso todavía. Pondré un ejemplo. Siempre me ha llamado la atención que
la promoción canaria en el exterior se ilustre con música más o menos folclórica. Son
muchos los espacios, generalmente europeos, que han escuchado en ferias y promociones
turísticas, por ejemplo, agrupaciones folclóricas o solistas determinados, que añaden la nota
cultural a la propaganda turística. A veces también se ha hecho de forma puntual y aislada
en aras de esa promoción (seguramente improductiva) Y digo que me llama la atención
porque esos turistas, en la mayor parte de los casos, si acceden a la invitación y llegan a
nuestras islas, es muy probable que no vuelvan a escuchar esa música que, quién sabe si les
interesó. Y no quiero aguarle la fiesta a nadie, pero por ahí se van unos fondos preciosos
que podríamos aprovechar para algo muy necesario: la promoción interior de Canarias,
para, quizá, no desconocernos tanto. En muchas ocasiones, además, esos esfuerzos
económicos serían mucho más aprovechables en el sentido contrario: favorecer la llegada a
las islas de otros creadores de los distintos ámbitos artísticos que enriquezcan, con esa
perspectiva divulgativa y formativa, nuestra propia visión de las cosas. Es la experiencia que
tenemos en el ámbito de los verseadores y puedo garantizar que ha sido el espaldarazo
definitivo para que la tradición verseadora canaria siga adelante con vigor y visos de
continuidad.

Como profesor universitario y verseador, considero que el binomio cultura y
educación en Canarias ha de ser innegociable. La cultura, entendida como ya saben, puede entretener pero debe formar, debe hacernos crecer, y más que darnos respuestas, ayudarnos
a seguir haciéndonos preguntas. Tenemos un punto de partida inmejorable, un pueblo con
graves carencias y complejos, como antes dije, pero abierto al mundo, acostumbrado a la
mezcla y capaz de asomarse con naturalidad a cualquier registro cultural. Aprovechémoslo
para que nuestra autoestima crezca reconociéndose en las potencialidades culturales que le
son propias.

Históricamente hemos estado asomados al mundo, no hace falta que nos
hagamos los universales: lo somos de serie, diría yo. Nuestra historia está llena de
personajes irrepetibles que no perdieron el tiempo separando lo universal y lo local; se
limitaron a crear desde Canarias sin otro horizonte que el de su sensibilidad. La asunción de
nuestro mestizaje cultural debe ser una herramienta poderosa, pero no nos rindamos a ese
péndulo que nos ha hecho oscilar entre la “alta cultura universal” y “lo nuestro”. Lo
primero, como tal, no existe más que como herramienta de poder y del poder y lo
segundo, lo nuestro, solo existe cuando somos capaces de compartirlo, aunque se haya
manejado ese concepto tan interesadamente. Nuestros esfuerzos deben ir, en primer lugar,
en lo que representa una responsabilidad patrimonial, en aquello que constituye una
tradición y que depende de nuestro tacto para alcanzar el futuro, pero eso sí, sin camuflar
nada, sin disfrazar de propio o autóctono lo que tiene otra dirección y sin barnizar con
intelectualismo lo que no lo lleva. Es quizá esta falta de asideros, esta suerte de todo vale, la
que ha hecho proliferar un tejido cultural en Canarias en el que, generalmente, no se
arriesga. Y no me refiero al riesgo del creador, que se asume como consustancial a su
trabajo, sino al escaso riesgo que asumen muchos gestores que producen sin producir y que
funcionan como agencias de contratación que manejan circuitos y demás familia a su
antojo. Podría decirse que es mucho más útil tener un buen contacto que una buena idea y
estar en el sitio adecuado en el momento justo. Los proyectos culturales a largo plazo
brillan por su ausencia y muchas de las más brillantes iniciativas en Canarias, por suerte,
están en manos de colectivos culturales más que de concejalías o consejerías insulares o
regionales. Son esas las iniciativas que perduran y que las instituciones, muchas veces
pasado el tiempo, permitan que lo diga así, no tienen más remedio que apoyar.

El problema de fondo es que no creemos en nosotros mismos. Conocernos ha sido
una opción y muchas veces hemos optado por no vernos la cara en el espejo. Pondré otro
ejemplo. Imparto en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria la asignatura Literatura
Canaria, por fortuna obligatoria en los nuevos planes de estudio. Muchos estudiantes
Erasmus que, reconozcámoslo también, vienen a nuestras universidades en su inmensa
mayoría por el clima canario, eligen habitualmente esa asignatura. Cuando era optativa,
proporcionalmente, era mayor el número de Erasmus que el de estudiantes canarios.

Conocernos es una opción y a menudo preferimos desconocernos, ya lo dije. Es más
cómodo. Tiene sin embargo esta realidad una cara amable que no quiero atribuirme pero
que me regocija. La asignatura se imparte desde un apasionado desapasionamiento; me
explicaré. Los autores que estudiamos no forman parte del listado únicamente por su
origen sino porque entiendo, como docente, que sus obras son relevantes. Eso me permite
ofrecer mis clases sin tener que disculpar ni aminorar las características de los autores. Para
los nativos, digamos, se multiplican las sorpresas cuando se reconocen en los textos y para
los estudiantes extranjeros se abre un mundo tan nuevo como para los primeros pero que
me ha dado las satisfacciones de saber que en Polonia, en la República Checa o en Austria,
hay alumnos que han hecho trabajos de investigación, tutelados por profesores de sus
universidades, sobre Rafael Arozarena o Viera y Clavijo. Hermosa metáfora de lo que
podemos ser cuando creemos en nosotros. Repito, no es mérito mío sino de los
maravillosos escritores de los que hablamos más que lo que los leemos.

Es interesante celebrar el Día de las Letras Canarias, pero resultaría aún más provechoso, sin que sea
incompatible, rescatar la Dirección General del Libro y dotar de fondos y de aliento a la
Academia Canaria de la Lengua. Son cimientos claves para seguir proyectándonos.
Tenemos escritores fantásticos que, precisamente en los últimos tiempos, están obteniendo el tan cacareado reconocimiento externo sin dejar de ubicar sus textos en Canarias y sin
venderse a la extraña costumbre de vivir fuera de Canarias y venir a poner la mano.

Por otra parte, nuestro dialecto merece mayor tacto. En él campa a sus anchas uno
de nuestros peores complejos. Creemos y creen muchos de nuestros paisanos que
hablamos mal; : que otros hablan mejor. Les comentaré algo especialmente doloroso. En
la Televisión Canaria, en programas con gran seguimiento, ridiculizan el habla canaria
además, y esto es criterio personal, sin ninguna gracia. Es saludable reírnos con nosotros
pero es una tragedia reírnos de nosotros. Y no sucede solo allí. Una muestra más a mi
entender, de nuestra inmadurez como pueblo del siglo XXI, que identifica como canario lo
vulgar o lo incorrecto, y que tiende a burlarse de ciertos sectores desfavorecidos de la
población que, todos los sabemos, son víctimas más que cualquier otra cosa.

En definitiva, mi opinión, tiene como punto de partida esa apuesta por la
formación vinculada a la cultura y viceversa. Sé que es complejo, porque el pan y el circo
romanos aun siguen haciendo de las suyas, y cuando escasea el pan son más las horas de
circo, pero peor aún sería rendirse. Personalmente, pese al cuadro que he pintado, les
confieso que creo profundamente en esta tierra y en sus posibilidades, por eso quizá me
entristece que ella no crea en sí misma. Eso nos ahorraría muchas lágrimas y muchos
proyectos vacuos; nos ahorraría, por ejemplo, la funesta idea de agujerar una montaña
como reclamo turístico o la de hacer promoción exterior con música que después no se
tropiezan los que nos visitan ¿a dónde llevamos a alguien que nos pregunte por música
canaria? ¿se imaginan que eso pasara en Lisboa con el fado o en Cuba con el son?

Yo he tenido la inmensa fortuna de estar anclado a las raíces de un género como es
el de la improvisación oral en verso, el punto cubano, profundamente arraigado en mi
pueblo y en mi familia. Me gusta decir que ha sido esa raíz la que me ha dado la
oportunidad de volverme rama y llegar a territorios que nunca soñé. Más allá de los
escenarios de las distintas islas, a otros países donde me han encomendado la hermosa pero compleja tarea de representar a Canarias. En todos los casos he intentado ponerle voz a
quienes nos precedieron en esta arte y, del mismo modo, sentir a mi lado a quienes alientan
día a día la tradición.

Hoy siento algo parecido. Siento que les estoy hablando también en
nombre de quienes nos testamentaron la posibilidad de versear. Otro ejemplo, y este es el
último. En los últimos años hemos puesto en marcha, por nuestra cuenta en la Asociación
de Verseadores Canarios Ochosílabas, talleres infantiles de verseadores, que nos han
permitido llevar a distintos escenarios de Canarias a pequeños que nos emocionan. Pero
eso no es nuestro fin último. Nuestra alegría se acrecienta cuando, a través de una estrofa
del siglo XVI y de un género con siglos a sus espaldas, esos pequeños mejoran su
rendimiento escolar, su autoestima y, por qué no, su felicidad. Los Festivales
Internacionales de Improvisación que organizamos, tienen otro sentido, porque los
hacemos también pensando en ellos, los que deberán coger el testigo. Hay muchas
iniciativas de este tipo en Canarias. Yo señalo esta porque la conozco desde dentro, pero
valga como ejemplo para que entendamos que no podemos separar educación y cultura en
toda la extensión de ambas palabras.

Aquí lo dejo. Me comunicaron que ahora se abrirá un turno y podremos hablar de
lo que consideren. Yo solo he querido poner sobre la mesa una idea central de la que
emanan otras que seguramente no son las únicas; se me ocurre la receta de creer en
nosotros, de no ser un plató sin nada que aportar, de no ser el lugar de la cita, de ser injerto
y no tierra vacía que sembrar. Hay dos actitudes literarias que siempre se me han figurado
como dos actitudes ante la vida en estas nuestras islas: Cairasco literaturizó a Doramas para
recibir al obispo Fernando de Rueda en 1582. El héroe aborigen, asesinado casi un siglo
antes por Pedro de Vera, toma la palabra convertido en personaje literario y acoge al recién
llegado, describiéndole sus hazañas y la naturaleza de sus islas. En Antigüedades de las Islas
Afortunadas, de Antonio de Viana, Dácil, la hija del mencey Bencomo, recibe un augurio
por parte del adivino Guañameñe, que le dice que un extranjero vendrá a salvarla. A diferencia de Doramas, ella no toma la palabra cuando el capitán Castillo, un conquistador
castellano la corteja; siente que es quien esperaba y se deja llevar. La cultura de las islas
necesita más Doramas, que crean en lo que son, que asuman su lugar en el mundo como
una posibilidad y no como un lastre y que le pongan palabras a lo que sienten; si no, todos
seremos como Dácil, esperando que venga a salvarnos. Pero eso, debería ser cosa nuestra,
de todos. Absolutamente de todos.

José Yeray Rodríguez Quintana

Este es el texto de la intervención del profesor universitario y verseador Yeray Rodríguez en la Comisión creada en el Parlamento canario sobre “la situación de la cultura en Canarias y su contribución al desarrollo económico y social. En este enlace pueden ver y escuchar la intervención de Yeray Rodríguez que tuvo lugar el 23 de mayo de 2016. Las conclusiones de esa comisión pueden leerlas en este enlace, la redacción de esas conclusiones fue criticada profesionales de la gestión cultural en Canarias, pueden leerlo en esta noticia. Resulta interesante leer la intervención de Yeray Rodríguez y comprobar que algunas críticas importantes por ejemplo al tratamiento del habla canaria en la televisión pública no se recogen, que precisamente se alude más bien a dar más presupuesto a la televisión pública sin entrar en su contenido, sin exigirle que cumpla las funciones que marca la ley.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
Cita | Esta entrada fue publicada en Canarias, cultura, educación, Parlamento, Yeray Rodríguez. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a “Peor que no conocernos, es no saber que no nos conocemos” Yeray Rodríguez

  1. ejenenacar dijo:

    inconmensurable Yeray. Llegará el día en que quienes tengan la potestad de modificar el rumbo institucional hacia posturas más coherentes con nuestra identidad como pueblo dotado de una idiosincracia cultural propia, sepan valorar el anhelo reflejado en tan brillante y certera exposición y se proceda al fin a plantar la semilla definitiva del arraigo y la apertura de nuestra naturaleza y condición como canarios-universales. No creo que el canario ignore, ni que ignore que se ignore. Más bien estoy por asegurar que el día que se sienten las bases y se cuente con el apoyo suficiente para abonar esa simiente, que ha sido buscada con desesperación durante mucho tiempo ya, asistiremos a un auténtico Renacimiento Cultural de Canarias. Tan sólo haría falta que los “hilos” fuesen manejados por auténticos valedores de lo nuestro y no por camufladas extensiones de intereses centralistas, desconocedores y por ende despreocupados de la realidad que nos ahoga y asfixia más de lo que estamos dispuesto a reconocer. Es ese hastío el que nos ha conducido a la sumisión, la mayor de las veces o a intentar emular al David que se enfrenta a Goliat con todas las de perder (jamás rendirse, que decía Yeray). David alcanzó la victoria porque tenía una onda que sabía usar. Proporcionando herramientas y “davises” adecuados, sortearemos el muro “goliático” sin mayor obstáculo, con total fluidez. Será entonces cuando podamos sentarnos y esperar tranquila y pacientemente que la simiente, el abono y el regalo del cielo, inunde esta tierra de una primorosa Primavera Cultural.
    PD: Saludos Juan.

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