Y el hechizo, al fin, se rompió. Carmen G. Hernández


Durante doce años, Valencia fue mi hogar. En ese tiempo viví los titulares de la Fórmula 1 y otros faraónicos eventos de dudosa rentabilidad, así como el costoso y absurdo mantenimiento de un aeropuerto sin aviones, la locura del boom inmobiliario, el saqueo político de las cajas de ahorros para apoyar proyectos de empresarios afines y equipos de fútbol con vocación de agujero negro. Tuve el dudoso privilegio de vivir allí en el tiempo de las comisiones escandalosas, de los trajes para el President y demás prebendas para sus compañeros de partido y gobierno. Año tras año vi, como tanta gente que me rodeaba, el funcionamiento de un sistema caciquil basado en el nepotismo más primario y burdo. Un sistema de absoluto despilfarro apoyado por las urnas legislatura tras legislatura. Con tristeza veía hundirse una región maravillosa, de gente trabajadora y afable que, por alguna misteriosa razón, era incapaz de ver que el emperador se paseaba desnudo por sus calles.

Como era previsible, la ubre de lo público se quedó seca de tanto exprimirla. Y, cómo no, tras los años de ficticia subida llegó la hora de la dolorosa caída al vacío más inexplicable, teniendo en cuenta la histórica riqueza del territorio valenciano. Una caída que sigue sin tocar fondo. En medio de la debacle, el gobierno valenciano pretendió hacer limpieza en una de las mayores herramientas de control propagandístico que un ser humano se pueda imaginar: la radio televisión pública valenciana. Durante años, Canal 9 representó el epítome de la propaganda política más inmoral. Los profesionales que trabajaban en el ente público valenciano recibían toda clase de instrucciones y presiones para proyectar la imagen de la realidad que los gobernantes del Partido Popular querían. Uno de los mayores ejemplos de dicha estrategia fue la cobertura del accidente de Metro que costó la vida a 43 personas en 2006. Como ciudadana y profesional de la comunicación, ese día sentí un nivel de repulsión y vergüenza como pocas veces he sentido en mi vida. Casualmente, esos días las cámaras de Canal 9- con trapicheo del Gurtel por medio- estaban repartidas por distintos puntos de Valencia, preparándose para la visita del Papa. Cuando ocurrió el accidente, había cámaras cerca. Más aún, el informativo del mediodía se estaba emitiendo en directo desde la Ciudad de las Artes y las Ciencias, a menos de 10 minutos en coche del lugar del accidente. Sin embargo, no sólo Canal 9 no envió ninguna unidad al lugar del siniestro. No sólo se convirtió en la última cadena en ir actualizando la información del accidente. Peor aún: ni se molestaron en cambiar la programación, esperando instrucciones políticas. Así pues, mientras en las otras cadenas informaban de que la cifra de víctimas del peor accidente de metro de España ascendía a más de 40 personas, Canal 9 hablaba en su informativo de Los Chunguitos. Jamás en la vida podré olvidar la rabia y la indignación que me invadieron en esos momentos. Ese accidente acababa de ocurrir cerca de mi casa. Era el metro que muchos de mis amigos y vecinos tomaban. Y la televisión que pagábamos con nuestros impuestos deliraba con Los Chunguitos y la magia del verano. Incluso para Canal 9 era demasiado. Recuerdo que en ese momento llamé a la televisión valenciana, para denunciar el nivel de degradación profesional al que habían llegado. Al otro lado del teléfono, una avergonzada trabajadora me pedía disculpas en nombre de sus compañeros. Esos mismos compañeros que ayer tomaban control de la programación al saber que la Generalitat había decidido cerrar su particular chiringuito para siempre.

Creo que los valencianos y valencianas se merecen una televisión pública, de calidad, abierta a la pluralidad. Un instrumento que sirva para potenciar y cuidar la rica cultura valenciana. Una herramienta para garantizar el futuro de una lengua hermosa que jamás debe desaparecer. Un medio bien gestionado, con cabeza, sin corrupción ni amiguismos, donde la profesionalidad sea el faro a seguir. Creo que esos profesionales que ayer dijeron bien alto lo que muchos sabíamos- que el emperador iba desnudo- han reaccionado tarde. Su complicidad ha servido, durante años, para mantener una realidad paralela que ha adoctrinado a una parte de la sociedad valenciana, especialmente en el ámbito rural. La realidad es compleja, por supuesto, pero el rol que ha jugado Canal 9 en perpetuar el delirante e inmoral régimen del Partido Popular resulta difícil de cuestionar. Sin embargo, el día de ayer llegó. Y no sólo los platós de Canal 9 se abrieron a la realidad. Algo mucho más importante tuvo lugar. Por primera vez en décadas, ciudadanos/as y entidades de distinta ideología se unían en un frente común, defendiendo Canal 9 como algo suyo, como símbolo de los valencianos y valencianas. Sin duda, ayer las calles de Alicante, Valencia y Castellón olían a pura historia.

Tengo la sensación de que, como en los cuentos, ayer se rompió el misterioso hechizo que mantenía dormida a parte de la sociedad valenciana. Por el bien de esa tierra que considero mi segundo hogar, eso espero. Porque queda toda una historia por seguir escribiendo.

*Carmen G. Hernádez es periodista canaria que vivió muchos años en Valencia. Este artículo lo escribió para nuestro blog a petición nuestra. Carmen es militante de diferentes colectivos sociales, en estos momentos realiza estudios de postgrado en Nueva York.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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