Huelgan tonterías. Raúl Vega*


A lo largo de la historia, las huelgas han servido para expresar el descontento de la clase trabajadora con la situación global, sobre todo, a nivel laboral y económico. Ahora, las huelgas son faltas injustificadas y “que no sirven para nada”. Además perjudica a “la marca España” y si son políticas, tienen que ser prohibidas. Pese a ello, nada sale de la normalidad. Los de siempre defienden su impunidad ante la pataleta del hijo que se levanta de la mesa a la hora de comer. Pero lo preocupante viene cuando es el mismo hijo el que se pone la soga al cuello.

Tras haber sufrido la huelga de marzo pasado, el Gobierno se toma todas las iniciativas contrarias a su política de recortes, como un pulso. El ejecutivo quiere pinchar, pero que el sufridor no se retuerza de dolor. Ha tomado la vía “bushista” de su correligionario Bush, “o estás con nosotros, o contra nosotros”. Esta actitud está calando en ciertos trabajadores. Parece que es más importante el derecho a trabajar el día de la huelga, que el derecho a vivir dignamente. Esto podría pasar por un simple ataque de individualismo, una actitud propia del sistema capitalista; “yo trabajo, yo vivo bien, yo puedo gastar, me da igual el resto”. Pero no se equivoque, querido lector. Hemos llegado a tal punto de sumisión, que no solo no nos dejamos el cuero para defender la dignidad del común de nuestro pueblo, sino que ni siquiera somos capaces de defender nuestro propio puesto de trabajo. Hemos caído en la apatía general. Nos hicieron creeer que podíamos ser ricos y aunque tragamos culebras, lo seguimos pensando, nos diseñaron para gastar y no pensar en nada más y obedecemos como fieles ovejas. Con la tendencia negativa actual, que tire la primera piedra quien esté libre de peligro de despido. Y ni siquiera por ese riesgo inminente, defendemos nuestro puesto de trabajo.

El sistema no se cayó de una higuera y sabe cómo provocar un menor seguimiento de la jornada de huelga. Los que se cayeron de ella son los que negocian los servicios mínimos. ¿Cómo van a negociarse unos servicios mínimos tan abusivos en algunos sectores? Es esencial el transporte colectivo urbano, pero aparte de los vuelos y barcos regulares, ¿qué pintan vuelos internacionales un día como este? ¿por qué se permite a las empresas poner en turno a más personal del que es necesario para cubrir incluso esos servicios mínimos? Un día de paro general no es un capricho, es una demanda social de cambio de rumbo. Y hay que respetarlo porque es un derecho adquirido gracias al esfuerzo de muchos que quedaron atrás. Claro que para eso hay que respetar al trabajador, algo que parecen no hacer ni el ejecutivo, ni los sindicatos mayoritarios, valedores de la venta en especie de la clase obrera y ejecutor de las mismas medidas por las que sale a la calle. Siguiendo con el ejemplo del niño que se levanta de la mesa, el papá (Gobierno) simula aflixión, pero sabe que solo es un berrinche y que el hijo no está capacitado para irse de casa.

Por otro lado, medir la violencia siempre es un ejercicio arriesgado. Empero en temas de huelgas podemos ser pragmáticos y calcular la virulencia de unos y otros ataques. No es raro ver periódicos, radios y televisiones hablando de “piquetes violentos”. ¿Qué es un piquete informativo en huelga? Un grupo de individuos que informan de los motivos de una convocatoria de huelga y pide el apoyo. Pero ni siquiera la RAE es imparcial en el tema, en la sexta acepción de este término: “Grupo de personas que pacífica o violentamente, intenta imponer o mantener una consigna de huelga”. Para el común de la opinión pública, los piquetes son algo negativo, algo así como el objetivo a evitar en las huelgas. En cambio, es un tema tabú las amenazas de los empresarios a los trabajadores para que se presenten a trabajar el día de la huelga. Violentos hay en todas partes, pero ¿dónde incide más la violencia? ¿cuánta gente se va a la calle por secundar una huelga? ¿cuántos trabajadores van a trabajar porque tienen miedo a perder su puesto o porque tienen que cumplir unos servicios mínimos, que acaban siendo “máximos”? Parece que buena parte de la terminología interesada de los medios de comunicación, ha sido absorbida por los trabajadores, sin saber que esa es la verdadera agresión que reciben el día de huelga y no un piquete que le difunde por qué se hace una huelga.

Estamos en “huelga de conciencia”, es verdad. Pero no, no soy pesimista. A lo largo de la historia siempre ha sido una minoría empecinada la que ha conseguido cambiar las cosas y es evidente que con más o menos acierto, con mejores o peores acciones, hay una importante masa descontenta tanto en Canarias como en buena parte de este mundo en crisis. Las anteriores letras solo eran un retrato de la falta de análisis crítico a la que a veces somos sometidos. No sabemos ya quiénes son los nuestros y quiénes nuestros rivales, no sabemos quien nos quiere engañar y quien nos quiere ayudar. En esta desorientación tienen mucha culpa los medios de comunicación y su jerarquización de las noticias, pero también la comunicación política, social y empresarial. Para saber que esto no va bien solo hace falta mirar a nuestro alrededor, allí veremos los motivos para hacer algo. Porque no, querida lectora, querido lector, no sobran (huelgan) huelgas. Simplemente huelgan tonterías.

*Raúl Vega es Licenciado en Historia y estudiante de Periodismo. El artículo fue remitido a nuestro blog para su publicación.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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