El Magreb y las migraciones subsaharianas. Juan Montero Gómez


El pasado lunes 24 de septiembre participé junto a uno de sus autores, el profesor tunecino Hassen Boubakri, en la presentación, en Casa África, del libro colectivo titulado: “El Magreb y las migraciones subsaharianas: el papel de asociaciones y sindicatos” (1), editado en diciembre de 2011 como fruto de un proyecto conjunto entre Casa Árabe, la Fundación Friedrich Ebert y la Fundación Alternativas.

La importancia del tema y su tremenda actualidad me han llevado a readaptar mi introducción a la conferencia del profesor Boubakri a la forma de un artículo que permita acercar a más gente las cualidades de una obra que es sin duda un buen trabajo, con los altibajos e irregularidades propias de una recopilación, de una obra colectiva, pero que mantiene en general un alto nivel expositivo y un detallado y exhaustivo conocimiento del tema principal, que no es otro que el tratamiento desde los más diversos puntos de vista -vivencial, familiar, social, educativo, sanitario, policial, cultural, asociativo, laboral, administrativo, legal, en definitiva humano- de la migración subsahariana en el espacio magrebí.

El Magreb es pues el espacio principal del libro, lo cual no excluye, en absoluto, y así nos lo hacen saber sus autores, la responsabilidad europea en el maltrato y el desprecio a los seres humanos protagonistas de esta odisea de nuestro tiempo que es la emigración y, particularmente, la emigración irregular.
Digo esto porque aunque el libro, tal y como lo recoge su título, nos obliga a centrarnos en los países del Magreb -no sólo como países de origen y tránsito de las migraciones, sino cada vez más, y esta es la novedad que el libro estudia, de destino de otras migraciones, principalmente subsaharianas y polimorfas- quiero dejar bien claro, e igualmente así lo hacen los autores de este compendio, que Europa aparece, una y otra vez, como no puede ser de otro modo, como el principal agente en la cadena causal promotora de tanta desgracia y tanto crimen.

El Magreb es un espacio que se encuentra hoy desgarrado entre la necesidad de cumplir con las exigencias draconianas y extraordinariamente restrictivas que Europa le impone en su inhumana política de seguridad y externalización de sus propias fronteras, convirtiendo de esta forma a sus países en auténticos estados gendarmes, y la otra necesidad, no menos acuciante, de intentar mantener, en lo posible, con sus vecinos africanos, una relación de amistad, concordia y buen entendimiento.
En el origen de tanto despropósito como el libro nos acerca está la esclavitud y sus derivados; el colonialismo, el neocolonialismo y eso que hoy llamamos, con la perversión lingüística que caracteriza nuestro tiempo, políticas de intervención “humanitaria” que pretenden exportar, a bombazos, nuestras raquíticas, anémicas, anómicas y agonizantes democracias y su mascarada de valores inútiles. Todo esto es en definitiva esclavitud en lo que este concepto supone de inferiorización del otro. El otro como aquél que puede ser ignorado, despreciado, dominado y, en último término, asesinado.

La esclavitud pues como la gran pervertidora de la Historia en general, y de la historia de las relaciones humanas en particular. Como el propio libro nos advierte en alguna de sus páginas, refiriéndose al problema de la identidad y de la alteridad, esta profunda discriminación del otro, este profundo desprecio que, como acabamos de destacar, abarca e intoxica todos los posibles espacios de relación con él, con ella, hunde sus raíces en una memoria histórica reactivada, de manera que es necesario recordar, en la medida en la que estos claroscuros aparecen en nuestro actual inframundo, algunos de los momentos que, en perspectiva centenaria, nos muestran las relaciones entre el mundo árabe, el Magreb y el mundo negro.

Esperanzas, expectativas y proximidad, se mezclan, a lo largo del tiempo histórico, con la negación, el dominio, la servidumbre y el desprecio siempre, no lo olvidemos, sobre el fondo imperdonable, injustificable e inadmisible de la esclavitud.

La penetración del Islam en el África tropical, a partir del siglo VIII de nuestra era, se hizo de forma más bien pacífica y, tal y como nos lo narran escritores árabes como Al Bakri, Al Idrisi, Ibn Battuta o Ibn Khaldun, fueron fundamentalmente los comerciantes árabes, a través de las rutas abiertas por las caravanas de camellos y sus puertos a ambos lados del desierto, los encargados de propagar la nueva fe. Fue pues el comercio una de las vías principales de introducción de esta religión en buena parte del África negra.

Cierto es que entre las mercancías intercambiadas destacaban los esclavos, y aunque, tal y como acabo de expresar, esta perversión cuenta con todo mi rechazo, hay que decir que existieron diferencias de peso entre lo que fue la práctica de la esclavitud efectuada por los árabes y la consideración que el esclavo tenía entre ellos, y la posterior trata negrera efectuada por los europeos en su comercio triangular. Digamos simplemente que, aunque la deshumanización caracteriza la esclavitud desde que ésta existe, con la trata negrera alcanzó cotas inimaginables en sus prácticas anteriores.

De hecho, el Islam abogaba por la liberación progresiva del esclavo y, en no pocos casos, la integración de éstos en sus sociedades de destino fue destacada llegando a ocupar puestos de alta responsabilidad. El propio Mahoma, refiriéndose a uno de sus próximos, el negro Bilal el Etíope y, por ende, a todos los de su raza, llegó a decir: «aquel que introduce en su casa a un hombre o una mujer de Etiopía introduce la bendición de Dios».
Otro hito importante que podemos recordar en la historia de la relación entre los pueblos árabes, bereber y negros puede ser la Universidad de Sankore y las escuelas coránicas en Tombuktú, pobre Tombuktú a la que hoy, desde aquí, como a Malí en general, evoco de forma solidaria.

El kiswahili, la lengua más hablada hoy en el África negra, es también producto de los intercambios y de la convivencia entre una población mayoritariamente bantú y los aportes de árabes y de persas en sus relaciones establecidas a lo largo de la costa índica. Y si hablamos de lenguas, habría que decir que, en sociedades de cultura oral como han sido las sociedades negras, el árabe se constituyó, durante largo tiempo en lengua documental y, sus aportaciones escritas, nos informan, muchas veces de forma exhaustiva, de las peculiaridades de los primeros imperios negros.
Pero como la esclavitud se basta a sí misma para corromper desde sus fundamentos cualquier relación humana, la rebelión -que durante la segunda mitad del siglo IX protagonizaron los esclavos negros Zandj encargados de la irrigación de los terrenos costeros del sur de Irak y que, al bloquear sus únicas salidas al mar, dejó prácticamente sin comercio durante casi quince años los puertos del califato de Bagdad contribuyendo, de esta forma, a la caída del régimen abasí- tuvo dramáticas consecuencias económicas, políticas y sociales y marcó, de forma profunda, al mundo islámico propagando una imagen desfavorable de los Negros en estos países. Fue, según parece, a partir de ese momento cuando, por primera vez, se avivaron los sentimientos raciales y los africanos negros empezaron a ser despreciados a pesar de las enseñanzas del Islam. Numerosos temas, reflejando una actitud negativa hacia los negros, aparecieron por primera vez en la literatura musulmana.

Sin embargo, y tal y como ocurrió siglos después con los esclavos negros en América, ese desprecio nada tuvo que ver con el color de la piel ni la morfología de una raza, los motivos fueron, como siempre, económicos. Todo lo demás vino por añadidura para intentar, de esta forma, justificar lo injustificable.
Y este libro es una buena muestra de lo injustificable, llegándose, entre otras cosas, a la aberración de utilizar, de forma sin duda psicopatológica, la palabra africano como insulto hacia los negros por parte de las poblaciones del Magreb.

Hay, en este libro, pocos claros entre tantas sombras, tal vez la emprendeduría de algunos africanos negros en los países del Magreb, tal vez la presencia, becada, de un buen número de estudiantes del África Negra en algunas universidades de la región, tal vez la lenta y costosa convivencia entre ambas poblaciones; algunos casos, pocos, de solidaridad. Todo lo demás son sombras, desde una legislación, quién la tiene, ya sea internacional o nacional de protección de derechos del emigrante o del refugiado, que o bien no se aplica o se aplica a conveniencia; la criminalización del emigrante, auspiciada por los medios de comunicación de masas, que nos lleva a situaciones fundacionales como las matanzas de finales de 2005 en las vallas de Ceuta y Melilla; la consiguiente instauración del delito de solidaridad; el desprecio sanitario con su estela de enfermedades y de muerte, el rechazo educativo, la explotación económica sin defensa posible pues los sindicatos apenas empiezan a considerar, de forma tímida, los derechos del trabajador emigrante y el tejido asociativo es más bien débil y, en algunos casos, no todo lo honesto que debiera, y tantas cosas más que desde aquí no sólo no nos son ajenas sino que, últimamente, y con renovado entusiasmo, nos empeñamos en potenciar y que, tal y como nos hace saber también este libro, ya no se trata sólo de casos de flagrante insensibilidad hacia el emigrante y sus circunstancias, sino de políticas que ni siquiera son inteligentes por cuanto acaban por afectar, de forma dramática, a buena parte de los nacionales.

La imagen que nos devuelve el espejo de este libro no es hermosa, pero es real y estamos por lo tanto obligados a conocerla. La conclusión a la que nos lleva su lectura, como la de tantos otros libros que leemos y en los que nos sentimos retratados, se resume en una frase difícilmente cuestionable: asco de la condición humana.

(1) Bajo la coordinación de Rafael Bustos, Olivia Orozco y Lothar Witte: “El Magreb y las migraciones subsaharianas: el papel de asociaciones y sindicatos” . Casa Árabe-IEAM, Madrid 2011.

Juan Montero Gómez es licenciado en Filisofía y africanista. Responsable del Aula de África de la Unesco en Gran Canaria. Este artículo fue remitido a nuestro blog por su autor para su publicación.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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