Sublevados. Francisco González de Tena*


El libro de Stéphane Hessel supuso una llamada de atención que provocó un movimiento juvenil de alcance mundial, con un punto de partida importante desde el km. 0 de España. Desde aquél 15 de mayo han ocurrido tantas cosas, casi todas frustrantes para los ideales que espolearon la protesta ciudadana y no sólo juvenil, que parece que hemos recorrido un camino excesivo con resultados adversos. Hoy ya no basta con la indignación; hay que sublevarse.
Desde los primeros gritos de protesta se colaron algunas ideas que hoy, a la vista de sus resultados, resultan equívocas. Puede que la raíz de ese equívoco se encuentre en la propia expresión de unos deseos legítimos, más próximos a la acracia (con todo el respeto que esa centenaria ideología contiene) que a una contribución efectiva para frenar las innumerables agresiones que se nos han multiplicado hasta hacer el aire irrespirable, especialmente tras el 20 N del pasado año. Habrá que pararse a reflexionar que en algo importante hemos fallado, o al menos la caverna se nos ha adelantado en una estrategia de tierra quemada. Lo que hoy resulta evidente es que juzgar a todos por el mismo rasero fue una mala idea de partida, sólo matizada a medias en los debates en los foros abiertos desde el 15 M, pero con muy poca repercusión posterior en su táctica de transmitir unas ideas posibilistas. No amigos, no todos son ni somos iguales, aunque sí lo seamos en derechos y obligaciones. El grito de la “misma mierda es” nos ha acarreado el excremento que hoy nos asfixia bajo el peso del 30% de ese voto irresponsable para con la ciudadanía y sus derechos esenciales.
Vamos a ver si nos aclaramos. La socialdemocracia nació como “cortafuegos” alemán –y occidental en general, aunque adoptado con muy diferentes compromisos según los países– frente a la ola igualitaria que parecía incontenible y cuyo origen estaba en la URSS. Supuso un camino intermedio, atemperado de pactismo, pero que hoy ya está superado al haber adoptado los mismos modos (no los fines) de la derecha más reaccionaria. Eso es lo que confunde el mensaje y, sobre todo, su traducción a la práctica política de la ciudadanía. Y en ese matiz entre modos y fines está la raíz de la confusión e incluso de la práctica ciudadana.
Hay que tener muy claro que la derecha (y en eso hacen una piña sin matices, por eso está en singular) sólo tiene intereses, y esa es su única ideología. Esta afirmación justifica en último término, bien entendida, que cuando nos imponen medidas disfrazadas de Economía, como los brutales ajustes para favorecer a los poderosos, lo que esté detrás sea su “ideología”, es decir la maximización de sus intereses. No, no son la misma mierda. Las izquierdas, cada una con sus matices, sus personalismos y estrategias, tienen valores aunque los modos de tratar de alcanzarlos ni sean ortodoxos ni homologables desde unas ideas radicales, es decir las que nos vinculan a las verdaderas raíces ideológicas de una izquierda entendida como avance armónico a favor de toda la ciudadanía y no de unos pocos privilegiados.
Tanto la socialdemocracia como las izquierdas (por desgracia en plural) que se postulan auténticas herederas, todas, de nuestras queridas y viejas utopías (¡recuérdese, por favor, que esta palabra significa el no-lugar!, es decir que es el horizonte que nos sirve de guía pero que nunca alcanzaremos) andamos a la greña, con discusiones sobre si son galgos o podencos los que nos acosan y dejando siempre el campo libre a los depredadores, que inevitablemente nos alcanzan en plena discusión, una y otra vez.
Hay otra diferencia, dramática para nuestras vindicaciones, y es la seña de identidad de la izquierda que tradicionalmente ha sido y es autocrítica hasta los mínimos detalles. Nuestro cainismo es un asidero para las mayorías electorales de la derecha, hasta el punto de haber dado lugar a fenómenos espurios como UPyD. Mientras a todos los grupos de izquierda se les exige una rectitud y honestidad a toda prueba, a la derecha incluyen éste último caso de exitoso transformismo, no se les exige prueba alguna de eficacia. Vamos a despertar de la ingenuidad. El ser escrupulosos es legítimo mientras estemos jugando limpio, pero con contrincantes fulleros, mentirosos y directamente traidores no valen las fórmulas de buena conducta.
Llegados a este punto, con todos los discursos que tan complejas ideas requerirían, se nos plantea otra vez la vieja pregunta, también radical: ¿Qué hacer?
Hay que buscar el m.c.m., es decir aquellos temas esenciales en lo que todos los verdaderos demócratas estamos de acuerdo. Sanidad Pública y Universal; Enseñanza Pública y Laica; Fiscalidad General Proporcional y Progresiva, Creencias Religiosas de carácter personal y sin incidencia en lo público (incluyendo la desaparición por obsolescencia de los Acuerdos con un Estado fantasmal, antidemocrático y dictatorial como es el Vaticano y, por tanto, separación radical entre “moral privada” y “ética pública”); que los defraudadores no alcancen la libertad ni sus derechos civiles mientras no devuelvan con intereses todo lo robado; estimular a los que investigan y trabajan y no a los que especulan y nos desposeen privatizando derechos básicos; estimular e impulsar una verdadera reforma racional agraria, junto al avance y generalización de energías limpias y alternativas, sin oportunismos deformantes. Y todo eso con la voluntad manifiesta de otorgarle dignidad y validez al voto ciudadano, elevando los compromisos electorales a la categoría de contrato social inviolable y exigible en todo momento.
Este es un programa mínimo. Son puntos esenciales en los que la inmensa mayoría de los ciudadanos parece que están de acuerdo, con los matices que sean necesarios. Ya que la caverna nos usurpó hace tiempo estrategias muy de la movilización de la izquierda, como la libertad de expresión (ahora parece que sólo les pertenece a ellos, con una marea terrible de “medios de manipulación”), la de manifestación (¿os acordáis del epíteto de “pancarteros” que inventaron para desprestigiar a quienes reclamábamos en la calle lo que nos negaba el Parlamento, sesgado y amordazado por disciplinas de voto uniformizadoras?), la libertad de conciencia (ahora los monstruos deformes, nasciturus, tienen derechos antes incluso de tener actividad cerebral, según nuestro ínclito tramposo) y la libertad de pensamiento, al imponer un modelo de “pensamiento único” que no permite siquiera el invocar huelga de consumo, ya que les hundiría el negocio consumista. La incuria y la rapiña de unos desalmados arruinaron nuestras economías y han destrozado la Naturaleza, que ahora nos pasa factura. El suicidio está servido.
Hagamos por una vez lo que ya hizo el innombrable para beneficio entonces de la reacción: unificar en un frente electoral un programa de mínimos. Sólo así se conseguirá frenar el desastre que unos criminales diseñaron para ruina de los ciudadanos.

*Francisco González de Tena es sociólogo. El autor envió el texto a nuestro blog para su publicación.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 25 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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