Elogio de la muerte biológica. Juan Montero Gómez*


La muerte como tal no me interesa. Simple acabamiento. Final.
La muerte sólo puede interesar, interesarme, como parte de la vida. El vivir con la muerte, no para la muerte. El vivir con la muerte da intensidad al vivir, crea (la) vida. Tenerla al lado, dispuesta a saltar sobre ti en cualquier momento, incita, estimula, obliga. A veces incluso consuela, ya lo decía Cioran: «la idea del suicidio ayuda a pasar más de una mala noche». Toda creación es consecuencia del vivir con la muerte. Todo nacimiento. Se es nacido porque se muere. En todo aquello que hacemos, que acometemos, la muerte hace su trabajo, incita, nos lleva al tajo. Una vida sin muerte, aparte de que no sería vida, sería inerte, yerma, mineral.
Dicho esto tan bio-lógico la muerte como hecho consumado carece de interés, no es en absoluto interesante. De ahí que su exagerada y tristemente inacabable utilización ideológica sea tan precaria, tan insustancial, tan previsible. De ahí que todo fascismo no sea sino la repetición mecánica del mismo asesinato, la muerte en serie. De ahí que todo fascista sea un perfecto estúpido, una bestia descerebrada en sus irrompibles bodas fúnebres. No tiene siquiera el encanto del vampiro, que es por definición el no muerto, es el hacedor de muerte, toda su creatividad, toda su imaginación se reduce a simple, inútil destrucción.
Por eso estamos como estamos, como país, como sociedad. El otro día, en un discurso de estética chapliniana que por momentos recordaba el discurso final de El Gran Dictador, Wyoming decía con mucha razón que lo que necesitaba urgentemente este país era un rescate moral, un rearme ético. Cuando se ha vivido tres cuartas partes del pasado siglo XX instalados en el culto a la muerte, adoctrinados por la cultura de la muerte, es normal que los cimientos de nuestra sociedad estén podridos. Con el consentimiento de buena parte de nuestra sociedad, -al menos así lo reflejan las elecciones- los despachos ejecutivos de España, ya sean bancarios, administrativos, monárquicos, eclesiásticos, militares, policiales o patronales destilan un miasma pestilente, se trata de espacios que nunca se han limpiado, espacios también mentales que jamás fueron debidamente aireados.

Acabo de terminar de leer una novela de Agustín Gómez Arcos, autor nacido en 1933 en Enix (Almería) y muerto en 1998 en su ya voluntario exilio parisino, de gran reconocimiento en Francia donde su obra se imparte en los liceos e ignorado, como debe ser, en esta España que nos niega la memoria. Detestado por la España oficial y ninguneado por la intelectualidad de la transición, tan oficial también ella, en esta novela titulada “Escena de caza (furtiva)”, editada por Cabaret Voltaire, Agustín Gómez Arcos, a través de un personaje nauseabundo llamado Germán Enríquez -jefe de policía que es el trasunto de los muchos Roberto Conesa que, siguiendo instrucciones de los poderes fácticos de este país y debidamente bendecidos, regaron de sangre y de vísceras, durante más de cuatro décadas, nuestra geografía física y mental- nos muestra el progresivo envilecimiento de una sociedad que todavía hoy, casi cuarenta años después de la muerte del monstruo, sigue incapaz de enfrentarse con esa su historia reciente y ajustar así cuentas con ella. Sólo limpiando en profundidad las habitaciones del poder, allí donde éste se encuentre, sólo condenando aquella victoria sórdida y canalla y partiendo de lo mejor de nuestra historia silenciada, podremos levantarnos un día y respirar, respirar sin que las fosas nasales se nos desborden de olores pútridos.

¡Cómo asoma la patita la muerte en nuestra cotidianeidad!; no la nuestra, la biológica, sino la de ellos, la ideológica. ¡Cómo se parecen a lo que siempre fueron!, ¡cómo se repiten!. Hoy, sin ir más lejos, he vuelto a ver, colgada de un corcho de la pared de mi estudio, una antigua viñeta de El Roto de cuando Aznar/Rajoy perdió su mayoría absoluta frente a Zapatero, en ella aparece un torero en posición de brindar, a mano alzada y entre sus dedos en lugar de montera un sobre electoral, su toro al tendido diciendo: ¡Por el Prestige, por Irak, por la burbuja inmobiliaria, por la contrarreforma educativa, por las mentiras!… ¡Fue por Vds.!.

Hoy, mañana, pasado y el otro podría El Roto volver a publicarla, una y otra vez: se parecen tanto a sí mismos que hasta sus colegas europeos se ríen al ver sus reacciones. Mira que les hemos dado tiempo, 37 años sobre 39 y ahí siguen, incapaces de cambiar, reprogramados genéticamente para seguir siendo ellos mismos.

¡Qué inculta la España actual, esa de la generación mejor pre-parada, que es incapaz de reconocerles, de relacionarles!, ¡cuánto olvido malsano!. Pero tal vez no sea a la postre tan grave porque, se parecen tanto a sí mismos, son tan igualitos a sus padres y a sus abuelos, son tan ellos y ellas que al cabo serán reconocidos, o conocidos de nuevo que no es sino otra forma de reconocer y, una vez denunciados, podrán ser tal vez y por fin, definitivamente extirpados.

Mientras tanto, queridos lectores, les deseo una magnífica muerte que sería sin duda el inevitable corolario a una vida plena, a una existencia reconciliada.

*Juan Montero Gómez es Licenciado en Filosofía. Este artículo fue remitido por el autor a nuestro blog para su publicación.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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2 respuestas a Elogio de la muerte biológica. Juan Montero Gómez*

  1. ejenenacar dijo:

    Almudena Grandes en “Inés y la alegría”, refleja fielmente el resultado de un pueblo sometido al miedo, cuando el batallón que desde Los Pirineos se adentró en la península y “rescató” a los primeros prisioneros del fascismo vencedor, por obra y gracia de esa Europa y EEUU, a los que hoy nos entregan “cautivos y desarmados” nuestro bipartito creado exproceso en nuestra “idílica transición”.
    Miedo, ese es el problema y vencerlo es la clave para resolverlo y los griegos no supieron entenderlo y sucumbieron al miedo inoculado desde el centro mismo de la barbarie; no supieron entender que quienes realmente tenían miedo eran quienes les amenazaba.

  2. andrea dijo:

    Que muera el pais del politicucho de carrera que no tiene cultura y que solo piensa en dejar la camita hecha a su prole y q re nazca un pais de gentes libres..

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