El bicho. Jesús Giráldez *


El elefante había nacido en 1987 y alguien lo bautizó con el nombre de Repsol. Era un elefante español, nacido en cautividad y sin dueño conocido porque lo había adoptado el Estado. Solo diez años después de su nacimiento al animalito lo fueron vendiendo vivo, pero a cachos: unos trocitos para tal empresa, otras porciones para otra. Lo metieron en una bolsa, lo agitaron, lo volvieron loco y mutó. Los colmillos le crecieron desproporcionadamente y su trompa se alargó kilómetros y kilómetros succionando todo lo que encontraba a su paso. Engordó una barbaridad. Parte de su sobrepeso lo adquirió en Argentina donde pastaba a sus ansias. Se convirtió en un bicho voraz, extraordinario: chupaba petróleo argentino por su trompa y cagaba hidrocarburo refinado. Sus dueños recogían las cagadas y se las volvían a vender a Argentina a precio de oro negro inflado en los mercados. Ya no era un elefante, era un surtidor. De vez en cuando el animal entraba en crisis, problemas hepáticos y renales de tanto filtrar dinero. Entonces se enfurecía y arrasaba con todo lo que encontraba: una comunidad indígena por aquí, un ecosistema por allá. Pero sus mayores dificultades le venían por conflictos de intereses. De tanto engordar creyó que no tenía fronteras y claro, los lugareños se fueron mosqueando con el bicho. Cuando eso sucedía aparecían varios amaestradores que se apresuraban a llamar y a calmar los ánimos. Llamaban desde La Moncloa, llamaban desde La Zarzuela, llamaban desde Ferraz. Había llamadas hasta de Soria.

El elefante, que ya no era elefante, llevaba tiempo columpiándose en la tela de una araña y la tela de araña terminó por romperse en plena pampa. Los argentinos debatieron entre psicoanalizarlo o nacionalizar la parte correspondiente al peso obtenido con el petróleo de su tierra. La cosa les llevó su tiempo porque a los argentinos les gusta el debate. Concluyeron que el tratamiento sicológico era inviable porque aquella fiera solo poseía instinto devastador y no había antecedentes sexuales que justificaran su conducta. De hecho, su pene también se había modificado bursátilmente en una trompa succionadora de patrimonios nacionales, así que optaron por nacionalizarlo.

Y entonces los amaestradores se pusieron de los nervios. El Rey de los elefantes amenazó, muleta en mano, con enviar a su yerno a arreglarle las cuentas a Argentina. El Gobierno español, que lo considera como su hijo natural, propone medidas contundentes, seguramente algún recorte a la importación del mate; el PSOE, que tanto cariño le ha dado a la criatura, se postró a los pies de la bestia y hasta se rumorean presiones del Real Madrid para que Messi no juegue el sábado. Los únicos que no han perdido los nervios del todo son los anónimos de las redes sociales, uno de los cuales escribió en su muro que “cada gobierno hace lo que cree mejor para su país: Kirchner para Argentina y Rajoy para Alemania”.

Mientras tanto, en un lejano país africano llamado Botsuana, se ha celebrado un congreso de elefantes de verdad, han hecho una declaración formal y le han enviado toda su solidaridad a Argentina. En ella sostienen que no reconocen a Repsol como miembro de su especie y han decidido declarar animales non gratos a las multinacionales, a los nuevos colonizadores y a los reyes.

Jesús Giráldez Macías es profesor de secundaria. Autor de los libros: Tindaya: el poder contra el mito que pueden leer en este enlace, Creyeron que éramos rebaños y Entre el rubor de las auroras. Otros artículos suyos en el blog: La Pejiguera.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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Una respuesta a El bicho. Jesús Giráldez *

  1. ejenenacar dijo:

    Cuan sencillo resulta para “un elegido” mirar al cielo (que no a la cámara) y pedir perdón por sus errores cometidos. Jamás se podrá olvidar su ofensa, más se le perdonará sin ser juzgado.
    Si la ciudadanía, víctima de la gran estafa de los mecados y mercaderes del poder institucionalizado, pidiéramos perdón por el error no cometido, pero sí machaconamente declarado de vivir por encima de nuestras posibilidades, tengan por seguro que no solo seríamos condenados al más absoluto ostracismo, sino que además nos juzgarían culpables sin derecho a una defensa legal.
    Si queremos justicia, no queda otra que luchar por ella.

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