Todos los caminos conducen a Ernesto


Definitivamente soy un bicho raro. No me emocioné con la boda. Y eso que vi en directo la llegada de algunos mandamases y me tragué un video de momentos emocionantes en el telediario. Después mire alguna de las ¡decenas! de páginas que los periódicos de papel de Gran Canaria le dedicaron al fiestorro. Miré, busqué, ojeé, hojeé, pero no encontré al príncipe que a mí me hubiera representado estupendamente. El príncipe de Beukelaer, con su peinado tan particular y su traje rojo y azul, desde mi alma republicana sólo acepto ese príncipe por las emociones infantiles que me vienen al recordar aquellas galletas de chocolate.

Por continuar con mis rarezas les confieso que este domingo no vi la tele. Así que no sé cómo quedó la santificación de Juan Pablo II. Supongo que se cumplió lo previsto y el hombre ya tendrá su aureola de santo. Sí pude ver los periódicos y el rostro del asesino Mugabe llegando a Roma. Por supuesto que aquella plaza de Roma estaba llena de gente de buena voluntad, gente en el buen sentido de la palabra buena. Pero puestos a invitar a autoridades presentes o pasadas podían haber llamado al exministro de Cultura de Nicaragua, Ernesto Cardenal. Hubiera sido una buena oportunidad para pasar la página de aquel terrible episodio que protagonizó Karol Woityla, el mismo papa de dio la bendición a Pinochet, cuando aterrizó en Managua y humilló públicamente al poeta, cura y ministro de Cultura sandinista.

El poeta Pedro Flores hizo una crónica con sus versos: “Ernesto se arrodilla y se descubre la blanca cabellera (alguien parece un santo esa mañana es ese hombre arrodillado)./ El poeta ministro sacerdote trata de besar las /rosadas manos de Karol/ pero este las aparta como a un lepreso de Ben Hur/ e increpa al poeta con el dedo admonitorio de/los dibujos del catecismo/ El beso cae al suelo como una lágrima cayó en la arena/ Cardenal se acuerda de las mujeres desdeñosas/ de sus epigramas./ Y piensa aquellas sí eran formas de no amarme./El Papa se acuerda de Tacho Somoza y piensa/ aquellos labios sí sabrían besar mis manos.”

Dejemos Londres con sus novios y Roma con sus santos. Todos los caminos conducían este domingo a Roma, los grandes medios de comunicación que el viernes nos llevaban a Londres el domingo querían llevarnos a Roma. Pero propongo que vayamos a Buenos Aires. A la sede del club Defensores, del barrio de Santos Lugares. Allí despiden al escritor Ernesto Sábato. Yo hubiera preferido estar allí este domingo y acompañar un poquito a la familia. Darle las gracias a Ernesto por su literatura, por sus ensayos, por su compromiso con el ser humano.

Ernesto anarquista, Ernesto comunista, Ernesto científico, Ernesto escritor, Ernesto ensayista… Ernesto que abandonó los rebaños ideológicos cuando quiso, cargando con las críticas de los que siempre se apuntan a señalar a los descarrilados. Ernesto que entró en la literatura a través de un túnel, y así vivió la vida, entrando y saliendo de las depresiones, de los recuerdos, de los fantasmas del hermano Ernestito que murió cuando el escritor estaba en el vientre de su madre. Ernesto que luchó contra la desmemoria, por la dignidad de los que fueron desaparecidos y de los que no quisieron olvidarlos.

Todos los Ernestos en uno solo se fueron del túnel de la vida este sábado, porque no hay mal que cien años dure murió negándose a cumplir el siglo. Ernesto Sabato sin tilde en la primera a, Ernesto que dejo escrito su última voluntad: ‘Cuando me muera, quiero que me velen acá, para que la gente del barrio pueda acompañarme en este viaje final… Y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias, pero en el fondo un buen tipo… Es a todo lo que aspiro”. Pues eso.

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Acerca de juanglujan

Juan García Luján es periodista, de las islas Canarias. Ha trabajado en radio, prensa y televisión. Entiende el oficio de periodista como la posibilidad de informar, comunicar y reflexionar en alto. Todavía cree que es una profesión útil para la sociedad. Después de 20 años de oficio no confunde libertad de empresa con libertad de expresión.
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